Al tradicional paseo dentro de la etapa educativa de todo colegio, se le denomina Viaje de Estudios, como una manera de sacar provecho y lograr aprendizaje del lugar al que se pretende migrar. .
Los inicios de nuestro viaje comenzaron a gestarse a comienzos del tercer año. Las alternativas de lugares eran los habituales. Los extremos de nuestro país que, por encontrarnos en el centro del mismo, nos permitía opciones más accesibles. La Serena, Puerto Montt, Arica y Chiloé se fueron dando como alternativas de viaje, sin embargo, de todos los lugares planteados, se presentó una idea muy interesante: viajar a la Isla de Pascua.
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Los inicios de nuestro viaje comenzaron a gestarse a comienzos del tercer año. Las alternativas de lugares eran los habituales. Los extremos de nuestro país que, por encontrarnos en el centro del mismo, nos permitía opciones más accesibles. La Serena, Puerto Montt, Arica y Chiloé se fueron dando como alternativas de viaje, sin embargo, de todos los lugares planteados, se presentó una idea muy interesante: viajar a la Isla de Pascua.
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Esta iniciativa fue propuesta por Víctor Gaete (y su papá) y generó un atractivo increíble, al tiempo que era apoyada por una peculiar foto que circuló entre los varones.
Esta fotografía del tamaño de una hoja carta, supuestamente tomada por el hermano de Víctor en su viaje a la Isla, al menos eso dijo, mostraba una bella y exótica nativa, caminando por la orilla de una playa, ataviada solamente con un pareo, luciendo en todo su esplendor, sus redondos y muy bien formados pechos desnudos. Aunque era en blanco y negro, podíamos divagar e imaginar el color del mar, de la tela del pareo y hasta el tostado de su piel. Los más fantasiosos llegaron a comentar que era habitual encontrarse con esas bellezas por las playas. Con esa imagen en nuestra retina no necesitábamos mayores argumentos que decidieran el lugar definitivo de nuestro paseo. El verdadero problema llegaría cuando lentamente la realidad hizo que el proyecto fuera decantando y pasó a descartarse por diferentes situaciones. Entre ellas la fecha de salida.
El Aquiles, el barco-transporte de la Armada en el que supuestamente viajaríamos, tenía fecha de zarpe solamente en marzo. Lógicamente el mes no era el apropiado, ya no sería verano y perderíamos clases; sin embargo, el motivo más concreto y auténtico de tener que renunciar a la empresa, fue el costo efectivo del viaje.
Por lo tanto y con una economía de un dólar a treinta y nueve pesos, se lanzó una nueva idea: salir del país hacia la ciudad más cercana allende Los Andes.
De inmediato surgió el conflicto.
Esta fotografía del tamaño de una hoja carta, supuestamente tomada por el hermano de Víctor en su viaje a la Isla, al menos eso dijo, mostraba una bella y exótica nativa, caminando por la orilla de una playa, ataviada solamente con un pareo, luciendo en todo su esplendor, sus redondos y muy bien formados pechos desnudos. Aunque era en blanco y negro, podíamos divagar e imaginar el color del mar, de la tela del pareo y hasta el tostado de su piel. Los más fantasiosos llegaron a comentar que era habitual encontrarse con esas bellezas por las playas. Con esa imagen en nuestra retina no necesitábamos mayores argumentos que decidieran el lugar definitivo de nuestro paseo. El verdadero problema llegaría cuando lentamente la realidad hizo que el proyecto fuera decantando y pasó a descartarse por diferentes situaciones. Entre ellas la fecha de salida.
El Aquiles, el barco-transporte de la Armada en el que supuestamente viajaríamos, tenía fecha de zarpe solamente en marzo. Lógicamente el mes no era el apropiado, ya no sería verano y perderíamos clases; sin embargo, el motivo más concreto y auténtico de tener que renunciar a la empresa, fue el costo efectivo del viaje.
Por lo tanto y con una economía de un dólar a treinta y nueve pesos, se lanzó una nueva idea: salir del país hacia la ciudad más cercana allende Los Andes.
De inmediato surgió el conflicto.
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Mendoza se proyectaba como un lugar atractivo, pero más por lo comercial que por lo turístico. Ante esto, varios rechazaron la iniciativa, en una densa, acalorada e interminable discusión de matices bizantinos, y en la que una parte del curso optó por marginarse de la actividad, argumentando que, iríamos solamente a comprar zapatillas Adidas, casacas de cuero, turrones de maní y chicles Bazooka. No estaban muy lejos de esa conclusión.
Así, entonces, con medio curso a favor y el otro en contra, un día 10 de enero del año 1978 tomamos rumbo hacia Argentina, en un viaje que duró más o menos siete horas, con una larga y tediosa espera en el paso de Los Libertadores.
Ya en la ciudad, nos alojamos en una residencial de dos pisos -más terraza- que se encontraba en la calle Independencia, categoría turista, -hoy una estrella– distribuidos en tres grandes piezas.
No es difícil de imaginar lo que pasó. En una ciudad similar a Santiago, efectivamente no hubo mucho que hacer, salvo nuestros paseos por el Parque Hipólito Irigoyen, nuestra visita al zoológico, al Cerro La Gloria y a la Bodega de Vinos Giol de la cuál existe el único y polémico registro fotográfico de dicha actividad. El resto del tiempo, fue recorrer de noche las calles, disfrutando libremente de la vida nocturna del caluroso verano mendocino, ya que en Chile no se podía salir hasta tarde, por el toque de queda impuesto por el gobierno militar.
Entre esas salidas vespertinas, llegamos a convenir una ida al cine con Yerko a ver la muy esperada Star Wars -La Guerra de las Galaxias– seis meses antes que llegara a Chile y así, conocer los inicios de esa nueva generación de efectos especiales. Alucinado por la película, llegué a verla siete veces solamente en el cine y otras tantas en video, sin contar las ocasiones que la han proyectado nuevamente en televisión a través del cable. No por nada todavía me gusta la Princesa Leia.
Una de las cosas que más recuerdo de estas jornadas en Argentina, fueron los canturreos de Manuel Baeza. Este villalemanino –con algunos traslados a Nogales– se destacó dentro del curso por su habilidad para el fútbol y su siempre sufrido Palestino. Al Turco se le trató siempre de atribuir algún romance, o aventura, con la Myriam Farías, cosa que nunca sea ha comprobado. Creo que siempre le fue fiel a la Sonia, una polola y amor de ese lugar por mucho tiempo.
En la comida de despedida que tuvimos en un restaurante, nos demostró que también sabía cantar, y bien. Sus temas de Leonardo Favio y Raphael, junto a algunos boleros, nos dejaron muy bien impresionados, sobre todo por su concentración e histrionismo al cantar. Los demás comensales del lugar también deben haberse sorprendido. Cerró con broche de oro esa vez con “Si vas para Chile”, al despedirnos.
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Naturalmente, hoy todavía se recuerda aquel viaje con un dejo de disgusto y desazón pues, al no participar todo el curso, la ruptura pudo ser irreversible. Las posturas tan claras como encontradas, no cedieron y, durante un tiempo, de regreso a clases, se presentó un pequeño distanciamiento que solo fue olvidado gracias a nuestra última salida . La mejor de todas. Y esto de común acuerdo.
Mendoza se proyectaba como un lugar atractivo, pero más por lo comercial que por lo turístico. Ante esto, varios rechazaron la iniciativa, en una densa, acalorada e interminable discusión de matices bizantinos, y en la que una parte del curso optó por marginarse de la actividad, argumentando que, iríamos solamente a comprar zapatillas Adidas, casacas de cuero, turrones de maní y chicles Bazooka. No estaban muy lejos de esa conclusión.
Así, entonces, con medio curso a favor y el otro en contra, un día 10 de enero del año 1978 tomamos rumbo hacia Argentina, en un viaje que duró más o menos siete horas, con una larga y tediosa espera en el paso de Los Libertadores.
Ya en la ciudad, nos alojamos en una residencial de dos pisos -más terraza- que se encontraba en la calle Independencia, categoría turista, -hoy una estrella– distribuidos en tres grandes piezas.
No es difícil de imaginar lo que pasó. En una ciudad similar a Santiago, efectivamente no hubo mucho que hacer, salvo nuestros paseos por el Parque Hipólito Irigoyen, nuestra visita al zoológico, al Cerro La Gloria y a la Bodega de Vinos Giol de la cuál existe el único y polémico registro fotográfico de dicha actividad. El resto del tiempo, fue recorrer de noche las calles, disfrutando libremente de la vida nocturna del caluroso verano mendocino, ya que en Chile no se podía salir hasta tarde, por el toque de queda impuesto por el gobierno militar.
Entre esas salidas vespertinas, llegamos a convenir una ida al cine con Yerko a ver la muy esperada Star Wars -La Guerra de las Galaxias– seis meses antes que llegara a Chile y así, conocer los inicios de esa nueva generación de efectos especiales. Alucinado por la película, llegué a verla siete veces solamente en el cine y otras tantas en video, sin contar las ocasiones que la han proyectado nuevamente en televisión a través del cable. No por nada todavía me gusta la Princesa Leia.
Una de las cosas que más recuerdo de estas jornadas en Argentina, fueron los canturreos de Manuel Baeza. Este villalemanino –con algunos traslados a Nogales– se destacó dentro del curso por su habilidad para el fútbol y su siempre sufrido Palestino. Al Turco se le trató siempre de atribuir algún romance, o aventura, con la Myriam Farías, cosa que nunca sea ha comprobado. Creo que siempre le fue fiel a la Sonia, una polola y amor de ese lugar por mucho tiempo.
En la comida de despedida que tuvimos en un restaurante, nos demostró que también sabía cantar, y bien. Sus temas de Leonardo Favio y Raphael, junto a algunos boleros, nos dejaron muy bien impresionados, sobre todo por su concentración e histrionismo al cantar. Los demás comensales del lugar también deben haberse sorprendido. Cerró con broche de oro esa vez con “Si vas para Chile”, al despedirnos.
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Naturalmente, hoy todavía se recuerda aquel viaje con un dejo de disgusto y desazón pues, al no participar todo el curso, la ruptura pudo ser irreversible. Las posturas tan claras como encontradas, no cedieron y, durante un tiempo, de regreso a clases, se presentó un pequeño distanciamiento que solo fue olvidado gracias a nuestra última salida . La mejor de todas. Y esto de común acuerdo.
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(del libro Para bien de Todos Cap.13)
(del libro Para bien de Todos Cap.13)

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